JARDÍN BOTÁNICO DE VALENCIA. TURISMO EN VALENCIA
El
Jardín Botánico de la Universidad de Valencia (en valenciano: Jardí
Botànic de la Universitat de València), es un jardín botánico ubicado en
la ciudad de Valencia, dentro de la Comunidad Valenciana, España. Este
jardín botánico depende administrativamente de la Universidad de Valencia.
Se tiene noticia de huertos de plantas medicinales que se remontan al
siglo XVI, en estrecha dependencia con la enseñanza de la medicina en la
universidad. La referencia más antigua es del año 1567, cuando los Jurados
de la Ciudad, al nombrar a Joan Plaza, doctor en medicina, le adscriben la
obligación de herborizar –recoger especies– y que cuente «con un huerto en
el cual se plantan dichas hierbas» necesarias para la docencia».
Posteriormente, en 1631, se tiene noticia de varios episodios y
localizaciones sobre estos huertos de hierbas medicinales y sus doctores y
catedráticos responsables, pero sin continuidad asegurada.
En 1733 se habla desde la Universidad de un recinto que debe facilitar la
ciudad, pero no será hasta 1757 cuando el rector Lores proponga
directamente la creación de un Jardín Botánico integral y completo
(huerto, museo, espacio de docencia y de conferencias, anexos de
servicios, etc.) en una ubicación próxima a la Alameda. En 1778 la ciudad
aprueba estas previsiones, pero aún pasarán veinte años en hacerse
realidad.
Resulta evidente que esta concepción de un Jardín Botánico de miras más
amplias y sistemáticas, toma cuerpo en paralelo al desarrollo del estudio
de la Botánica como ciencia independiente de la Medicina, que se consolida
en el siglo XVIII, de la mano del reformismo ilustrado, interesado por la
riqueza de la tierra y la mejora de los cultivos. En 1767 Gregorio Mayans
reclama un jardín que sea responsabilidad del catedrático de botánica pero
que no descuide las plantaciones de interés para la medicina y en 1786, la
Universidad de Valencia aprueba la reforma del plan de estudios con la
Cátedra de Botánica Independiente de la Cátedra de Medicina, y por lo
tanto, da mayor urgencia a la necesidad de un Jardín Botánico.
La Real Sociedad Económica de Amigos del País Valenciano, interesada en
las mejoras de los cultivos, también quería concurrir con el Ayuntamiento
a hacer realidad esta dotación científica aportando terrenos para la
ubicación de la Alameda, mientras apuntaba que a los aspectos instructivos
y utilitarios se había de añadir el aspecto lúdico, que pudiese servir al
mismo tiempo, «para el decoro, hermosura y recreo del paseo público».
Pero esta conjunción no sería tan fácil, pues las dos partes querían
remarcar sus respectivas prioridades, la científica y docente centrada en
un repertorio sistemático representativo del mundo botánico, por parte de
la Universidad y la más utilitaria de aplicación a la agricultura, por
parte de la Sociedad Económica. La ciudad, postreramente en 1798, le cede
a la Universidad los terrenos prometidos, pero bien pronto se suspenden
las plantaciones, según parece por la mala calidad del suelo y las
molestias producidas al vecino paseo de la Alameda. Como nueva y
definitiva ubicación, la ciudad ofrece en 1802 un huerto que permitía ser
regado a la manera tradicional, «a manta», directamente por la acequia de
Rovella, llamado de Tramoyeres, situado en la calle Quart, frente al
convento de Mínimos de San Sebastián y cerca del Turia, que dio origen al
actual Jardín Botánico.
La Universidad pone al célebre botánico Vicente Alfonso Lorente al cargo
de la nueva instalación y le dota de medios para desarrollarla. El terreno
trapezoidal de unas cuatro hectáreas acogerá sobre un sistema de cuadros
–sistema de Linneo– los planteles, sin descuidar la provisión de
herbarios, locales para la cátedra de Botánica, cámara para los jardineros
y otras dependencias. El nivel del resultado obtenido le permitiría
conseguir, enseguida, gran renombre entre los de más prestigio,
estableciendo relaciones particularmente con el de Madrid. Este prometedor
inicio recibiría bien pronto la acometida de la invasión napoleónica,
especialmente destructiva en el arrabal de Quart. Lorente también
participó en los acontecimientos, fue hecho prisionero y condenado a
muerte, salvándose por intervención a su favor del botánico francés León
Dufour.
Después del desastre y de la muerte de Lorente en 1813, el jardín no se
recupera hasta la dilatada dirección entre 1829 y 1867 de Josep Pizcueta,
Catedrático de Medicina, que acometió su reforma y actualización como el
primero de España. Respondiendo a la petición de la Sociedad Económica se
innova con experiencias de aclimatación de plantas originales de América,
mientras se constituye la Cátedra de Agricultura, dirigida por Joaquín
Carrascosa. Y en un proceso de convergencia que sería sancionado por la
Orden Real de 1834, se mandó reunir en el Jardín Botánico las dos
enseñanzas de Agricultura y Botánica, que generaría la ampliación del
terreno del Jardín Botánico.
En 1843, Pizcueta, auxiliado por Félix Robillard, sustituye a la
organización de Linneo por el método natural de Endlicher y, tras la
reforma de estudios de 1845, recibe importantes recursos para plantaciones
y también para construcciones de aclimatación, como un extenso invernadero
de madera proyectado por el arquitecto Timoteo Calvo, un umbráculo y
pequeñas estufas que, en conjunto, acelerarían espectacularmente el éxito
y crecimiento de aquellas. En 1856 se publicó el catálogo del jardín, con
más de 6.000 especies vivientes y el herbario.
De este impulso es fruto perdurable la construcción entre 1860 y 1862, de
la estufa de hierro y vidrio, proyectada en 1859 por el prestigioso
arquitecto Sebastián Monleón, auténtica vanguardia constructiva y
lingüística en cuanto a los referidos materiales, costosa tanto en
tecnología como en economía y en ejecución. De 24 m de longitud, 8,25 m de
luz y 9 m de altura, es una cubierta acristalada de 465 m², orientada a
mediodía, que sigue la traza de un cuarto de circunferencia, desde el
suelo hasta un muro vertical generando un espacio adosado a él. Sus
dimensiones podían dar acogida a ciertos vegetales como el Astarapea,
Aralia, Chorisia speciosa o el ficus Benjamín que llegaba a crecer más de
5 m y no tenía cabida en las otras estufas.
Al buscar financiación la Universidad argumentaba la necesidad
inexcusable, científica, para el mantenimiento correcto del centenar de
ejemplares exóticos que ya tiene implantados, pero también el prestigio,
pues «por el número de plantas que contiene, por su lozana vegetación,
puede ya competir con los primeros de Europa», y esta construcción era
presentada como exponente de estar al día en las conquistas del progreso y
de la ciencia.
Al muro de la estufa se le añadiría más adelante una edificación adosada,
rematada con una torrecilla, a modo de miramar, para dependencias de
dirección y de investigación, hasta constituir un afortunado inmueble que
aún perdura. Lamentablemente no ha llegado hasta nuestros días otros
elementos de interés como las mencionadas construcciones de madera, los
primitivos umbráculos e invernadero, a pesar de que este último fue
reconstruido, según proyecto de 1867 del arquitecto Ildefonso Fernández,
del que tenemos constancia gráfica. Seguramente serían sustituidos por los
actuales de hierro, durante el último cuarto del siglo XIX.
Posteriormente hacia final de siglo, bajo la dirección de Arévalo Baca, se
construyeron las pequeñas estufas situadas al lado del plantel de
semillas, y se concluyeron las obras, en 1888, de la estufa de mayor
dimensión, llamada también «de la balsa» por la proximidad de los dos
elementos, concebida según el modelo de la ya descrita en 1861.
En el año 1900, se inauguró el actual Umbráculo, también de hierro, sobre
un cuerpo de ladrillo, obra inspirada en las marquesinas ferroviarias,
proyectada en 1897 por el polifacético arquitecto madrileño Arturo Mélida
Alinar que vendría a completar la dotación del recinto y ofrecerle uno de
los espacios más atractivos para su disfrute.
Otros momentos históricos de interés fueron la incorporación del Jardín
Botánico a la facultad de Ciencias, mientras que, bajo la dirección de
Rafael Cisternas y Fonseret (1867-1876) y, más tarde, de Josep Arévalo
Baca (1876-1888) se incrementarán las actividades de la Escuela Botánica
del recinto y el carácter práctico y experimental de sus plantaciones,
impulsadas por el auge agrícola del momento.
En 1878 se produce la extensión septentrional que va a configurar el
recinto que ahora conocemos, mientras que la relación urbana respecto de
las calles Beato Gaspar Bono y Quart no cambia hasta el presente siglo XXI.
Entre 1879 y 1880 se produce la implantación del recinto colegial de San
José o de los Padres Jesuitas.
A partir de la riada de 1957 y gracias a la tenacidad del director Ignacio
Docavo, se produce el rescate del jardín y la reconstrucción de diversas
construcciones degradadas, entre 1962 y 1968, procurando incorporar otros
elementos de interés sobre las ciencias naturales.
Posteriormente, siendo director el también catedrático Manuel Costa, se
procede a la rehabilitación integral del jardín (saneamiento de las
plantaciones, alternativas de irrigación, el cuidado de sus cuadros, etc.)
y los elementos arquitectónicos más característicos (cerca del recinto,
invernaderos, estufas, umbráculo, pabellón.). También se construye el
llamado edificio de investigación sobre las expropiadas edificaciones
recayentes a la calle Quart.
En la actualidad, además de la preservación del jardín histórico, se
trabaja en su continuidad como centro de estudio, búsqueda, desarrollo y
divulgación de la cultura botánica. Investiga sobre flora, biosistemas y
vegetación. Participa en proyectos internacionales relacionados con la
biodiversidad vegetal y el estudio de plantas autóctonas. Dispone de
biblioteca, herbario y germoplasma. Promueve congresos de especialistas y
jornadas, encuentros y exposiciones divulgativas.
En este momento el Jardín Botánico de la Universitat constituye un espacio
científico y docente, vegetal, arquitectónico e histórico, y además
caracterizador del paisaje urbano.
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